domingo, 12 de julio de 2015

Las fases de la alquimia Personal

Las fases de la alquimia personal


Autor: David Topi.                                                               
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El trabajo o proceso alquímico del que habíamos hablado en el artículo anterior se hace en tres fases principales, que, como ya hemos comentado, se explican y enseñan de forma alegórica y metafórica a aquellos que desean aprender “la gran obra”, como la alquímia ha sido siempre llamada.
Ennegrecimiento
La primera de esas fases del proceso alquímico por la que todo aspirante a conseguir “oro” (una conciencia pura e iluminada) tenia que empezar, es llamada “Nigredo” (en latín), que viene a traducirse algo así como “ennegrecimiento”. Se trata del estado inicial del proceso, en el que aquello a ser transformado (el ser humano) se considera en un estado de corrupción, disolución, individualización e incluso putrefacción. Representa lo que hace muchos meses os expliqué sobre la noche oscura del alma, sobre el descenso a las profundidades de cada uno de nosotros, sobre el trabajo con aquello que llamamos “la sombra”.  El elemento que caracteriza el estado de ese alma en esta primera fase es la Sal, porque es un componente que refleja perfectamente las características de cristalización, fijación, y dureza, resistente al cambio, que posee todo hombre cuando no ha iniciado ningún trabajo sobre si mismo. Posiblemente sea este el estado en el que se encuentra una gran parte de la humanidad en estos momentos, hablando a nivel macro y generalizado.
Blanqueamiento
La segunda fase se llama el “Albedo”, o blanqueamiento. Representa el proceso de la purificación espiritual, el quemado de las impurezas de la sal, como analogía de la personalidad (etérico, emocional, mental) y alma (causal) sin trabajar, y cuyo resultado produce un ser humano “fluido”, representado en los libros de alquimia por el mercurio, un metal líquido, en quien se están dando cambios rápidos a nivel mental, emocional, etérico y físico (incluso llegando de cambios energéticos a nivel de ADN). En esta fase, se potencia la parte intuitiva y femenina, la imaginación, la creatividad, siendo el primer paso hacia la creación (o despertar) del elixir de la vida y de la piedra filosofal (la esencia o ser interior). Es el proceso que, a nivel de toda la humanidad, cuando se produzca de forma masiva,  llevará a la apertura de mentes, a la masa crítica necesaria para el cambio, a aceptar y comprender la realidad del mundo en el que se vive, a mirar hacia dentro para buscar todas las respuestas, y no más hacia el exterior. La intuición, la confianza en el poder y potencial de cada uno, se va abriendo paso, y se van viendo chispas de la conexión con la piedra filosofal, que pugna por ser encontrada en el interior de cada persona.
Es el proceso de “despertar”, cuando reconocemos que las cosas no son como nos las han contado, y cuando nace el deseo de aprender de “verdad” y dejar ir todos los antiguos y rígidos sistemas de creencias milenarios con los que nos han programado. Es por eso que el “blanqueamiento” representa la “quema”, el llevar a la hoguera todo lo que no está alineado con una conciencia superior que viene dictada por  la conexión y enseñanzas de nuestro ser.
Enrojecimiento
La tercera y última fase es llamada “Rubedo” o enrojecimiento, y consiste finalmente en la transmutación en oro de la sal, la piedra y plomo inicial (diferentes facetas del hombre “rudo”, “basto”, “sin trabajar ni pulir”), que ha pasado a ser mercurio, luego otros metales intermedios, y ahora es finalmente oro, representando la pureza de la conciencia, del alma y del ser, y el hallazgo del elixir de la vida, la piedra filosofal, muchas veces representada en color rojo, que simboliza la unificación del hombre (lo limitado y finito, el microcosmos) con la Fuente (lo ilimitado e infinito, el macrocosmos). Es la fase del ser que “entra” a tomar posesión de su vehículo físico y de la conciencia que lo dirige.
Ceremonias iniciáticas alquímicas
“La Ceremonia por la cual vais a pasar de inmediato, tiende a haceros vivir, mediante
su simbolismo, únicamente esotérico, el desarrollo post-mortem, de la separación de
los elementos que constituyen vuestro ser…”
“Aurum Nostrum non est Aurum Vulgi”
Desde tiempos remotos, siguiendo este proceso alquímico que hemos visto, existían en muchas escuelas iniciáticas, ya desde el antiguo Egipto, ceremonias que estaban destinadas a simbolizar el paso del hombre por las diferentes fases de la transmutación interior.
A aquel que iba a ser iniciado, se le reconocía como la piedra o el plomo, la materia prima sobre la que había que trabajar. Primero, en la fase de Nigredo, el aspirante empezaba la ceremonia en un cuarto oscuro, el cuarto de reflexión, representación del plano terrenal y material. En esta habitación podía ver o intuir los símbolos asociados a esta fase: el azufre, las piedras, la sal, las siglas V.I.T.R.I.O.L, que significaban VISITA INTERIORA TERRA RECTIFICANDO INVENIES OCCULTUM LAPIDEM” – visite el interior de la tierra y rectificando encontrará la piedra oculta, que viene a ser lo mismo que cava en tu propia alma para encontrar la sabiduría que llevas dentro, y donde el aspirante escribía su testamento filosófico, pues si la ceremonia resultaba exitosa, se iba a despedir para siempre de esa parte de si mismo mundana, limitada, “negra”. Realmente esta primera fase simbolizaba la muerte física de la persona, pues como decía Hazrat Inayat Khan, fundador del sufismo universal: “no puede haber renacimiento sin una noche oscura del alma, una aniquilación total de todo lo que creías y pensabas que eras”.
La segunda fase era la llamada prueba del agua, pues era la prueba de la parte emocional, asimilada al paso por el plano astral, y la prueba asociada al “blanqueamiento” del alma, del iniciado. Aquí se confrontaba al neófito a todos sus sentimientos oscuros y crueles, a sus pasiones animales involutivas, a sus vicios, a todas las tendencias inferiores que se habían cristalizado en su naturaleza, a sus miedos y temores, y este los debía ver cara a cara, y purificarlos, debía transmutarlos, dominarlos, y expulsarlos de si mismo. Luego, superada esta etapa, si lo conseguía, venia una intermedia antes de llegar al Enrojecimiento final, y era el paso por la etapa asociada al plano mental, llamada Citrinitas, pues el iniciado que inició su camino “negro”, y luego fue “blanqueado”, ahora empezaba a tomar simbólicamente un tono “amarillento” (su alma y su personalidad). Así, el profano, una vez purificado en sus sentimientos y deseos, debía ahora hacer pleno uso de sus poderes mentales, aprendiendo la dura labor de pensar por si mismo, y dejar de buscar fuera lo que sabe ya que tiene dentro.
Finalmente, el oro
Y cuando el cuerpo físico había muerto y renacido, el cuerpo emocional y de deseos había sido limpiado de miedos, bajas pasiones, emociones negativas, y el cuerpo mental había sido renovado y toda la programación, creencias, ideas falsas y “basura” mental había sido limpiada, llegaba entonces la última parte, cuando la “piedra” o el “plomo”, el ser humano,  adquiría el legendario tono rojizo que denotaba que había encontrado la Piedra Filosofal, el Lapis Philosophorum. El hombre encontró a su ser, a su esencia, y con ella todos los “metales viles” se convierten en oro, todas las imperfecciones energéticas que llevan a la enfermedad se pueden curar, toda disfunción energética y mental se puede armonizar. Aquí es cuando nos damos cuenta que podemos hacer sanaciones con la esencia, tal cual, como hemos comentado en un par de ocasiones en anteriores artículos.
Esta última etapa es la que corresponde al RUBEDO, dominando sobre ella el SOL, el logos Solar, máxima representación de la Fuente en el sistema en el que vivimos. Horus es su Deidad y el color es el rojo. El ser humano ha despertado, su conciencia es la conciencia de su ser, y su camino es el de servicio a la humanidad. Ahora sí, el trabajo para conseguirlo es tan titánico y árduo, que por eso realmente solo unos pocos alquimistas llegaron a encontrar el valor y el tesón para ello. Quizás sabiendo lo que tenemos que hacer, no dejemos pasar ni un segundo más nosotros y nos pongamos manos a la obra.
La alquimia, tan mitificada y escondida en libros y tratados ininteligibles, se convierte así en algo tan simple como pasar por una renovación física, emocional, mental y espiritual, pero a niveles tan profundos que, cuando se realiza, el elixir de la vida aparece por si solo, y uno se da cuenta que siempre tuvo la facultad de transformar en oro todo lo que tocaba, porque siempre había sido portador inconsciente de su propia piedra filosofal.

Alquimia de metales, alquimia interior

Alquimia de metales, alquimia interior

Autor: David Topi                                                               
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Es posible que muchos hayáis oído hablar de la alquimia, una milenaria ciencia que, Hermes Trimegistos, padre de muchas de las tradiciones y enseñanzas esotéricas que llegan a nuestros tiempos con el nombre de “herméticas”, parece haber “sacado a la luz” bajo la forma de alegorías y metáforas, dando claves a aquellos iniciados en los misterios de la vida, la naturaleza y el universo, para conseguir cambios en su interior, en su psique, en su alma, a través de la transformación de “metales” (cualidades) inherentes al ser humano.
Para aquellos que buscaban realmente la piedra filosofal y la transmutación literal de metales como el plomo en oro, los libros de Ramón Llul, de Flamel, de Fulcanelli o de otros alquimistas medievales eran un sinfín de laberintos inescrutables, imposibles de descifrar, pues, de hecho, aunque quizás existiera y tuvieran la formula para ello, la verdadera alquimia, enseñada y trasmitida por escuelas herméticas, esotéricas, iniciáticas, no es otra que la de la transformación del hombre para convertirse en algo superior, más elevado, más avanzado.
Desde Khem
La alquimia proviene de Egipto, y así su nombre lo indica. “Al-Khem” significa “desde Khem” (el prefijo al– es, en castellano, un “desde” o “relacionado con”) y a su vez “fuera de la oscuridad”, siendo “Khem” un termino que significa “negro” en egipcio antiguo, y que era a su vez el nombre usado para el mismo país, Egipto, llamado “oscuro” u “oculto”. De ahí que todo lo que salía o provenía de las tradiciones o conocimientos ocultos egipcios provenía de Khem, y entre ellos, el mas importante o uno de los mas importantes, la “alquimia”.
Las enseñanzas alquimistas se han hecho siempre mediante alegorías, como os decía, siendo una alegoría una información críptica, en forma de poema, de cuento, de metáfora, que tenia que ser interpretada y decodificada correctamente para poderla llevarla a la práctica y extraer sus lecciones y conocimientos, impidiendo así que fueran revelados y, quizás, mal usados, por aquellos no instruidos y preparados para ello a lo largo de los tiempos.
Transformando al ser humano
En la tradición alquímica, se da por sentado que todos los componentes que forman al ser humano, que son llamados “metales base” pueden ser transformadas de un estado a otro. La transformación y transmutación de metales, así, corresponde a la transformación de cualidades en el ser humano, mediante profundos e internos procesos. Cada metal de cada libro de alquimia corresponde a una modalidad o nivel de la conciencia humana y, el oro, como metal a obtener, corresponde a la conciencia sublime, máxima, pura. La clasificación de los metales según los alquimistas iba desde los más bastos e imperfectos (más alejados de la conciencia “esencial” y pura de la Creación) con los más refinados y cercanos a ese “oro” espiritual y evolutivo que se pretendía alcanzar. Así, el alquimista pretende eliminar de si mismo esos metales bajos (cualidades) de sus pensamientos (cuerpo mental, conciencia, esferas mentales), de sus emociones (cuerpo emocional), y de sus acciones (etérico, físico), transmutando todas esas imperfecciones para llevarlas hacia un alineamiento con las leyes naturales de funcionamiento de la Creación, como os explicaba hace un par de artículos.
Cuando esto se conseguía, se había obtenido “oro”, el estado deseado, se había conseguido transmutar el plomo en la sustancia perfecta.  Como podéis ver, el método de funcionamiento es, en base, igual a muchas técnicas de sanación “modernas”, eliminar lo negativo del ser humano, transmutar lo negativo y pesado, para convertirlo en positivo y elevado, si hablamos de forma simple, pero bastante acertada, referidos a la programación que llevamos a cuestas en las esferas mentales, a miedos no procesados, a sistemas de creencias limitantes o dogmáticos, etc.
Simbolismo y correspondencias
Algunos de los símbolos y fuerzas usadas en alquimia son conocidas por todos: la tierra, que representa para el proceso alquímico los talentos y recursos naturales en una persona; el aire, que representa su intelecto, su conciencia, su mente; el agua, que representa sus emociones, intuición y creatividad; el fuego, símbolo para la acción, el poder de voluntad y coraje para el cambio de esa persona, y para que esa persona pueda producir cambios en el mundo;  y el éter, Akasha o quinto elemento, como la esencia divina en todos nosotros que nos asiste en el cambio y transformación.
Un término usado en los libros de alquimia es el de la “Prima Materia”, la materia inicial, la sustancia base desde la cual se parte en el proceso de transformación. Una de esas substancias iniciales, entre otras, era la plata, cuya contrapartida esotérica es el aspecto femenino e intuitivo de la psique ( y la Luna en su aspecto astrológico), incluyendo los atributos de la intuición, la sabiduría interna, la compasión, la apertura de miras. El hecho de querer transmutar la plata en oro era el proceso de despertar en el alquimista estas cualidades, básicas y necesarias para conseguir la “conciencia pura” o “iluminada”. Una persona que no desea abrirse a su intuición, a su conocimiento interno, a aprender de si mismo, no podía llegar nunca a ese estado de “iluminación” y “conexión con la Fuente”.
¿Y como se produce esta transmutación? La alquimia habla de un potente agente, elemento catalizador, que ha sido llamado o explicado alegóricamente como el Elixir de la Vida, la Piedra Filosofal, o la Quintaesencia. Y esta piedra filosofal no es otra cosa que la chispa divina en cada uno, nuestro ser, mónada o esencia, presente en todos y en todo, y detonante, como ya habréis podido ver, si me vais siguiendo en los artículos, de todo cambio profundo en el crecimiento del ser humano, pues no hay cambio ni transformación si no hay una energía pura, cuántica, de la propia Fuente, que lo dirija.
Lo mejor de todo es que todos llevamos una piedra filosofal y un elixir de la vida alegórico en nosotros mismos, pero nunca han querido que lo sepamos y lo encontremos. Quizás va siendo hora de traer desde Khem los procesos para ello, y saquemos a la luz como convertir todos nuestros metales pesados en oro, algo que veremos como lo hacían los alquimistas por fases en el próximo artículo.

lunes, 5 de enero de 2015

Colaborando con los elementales

COLABORANDO CON ELEMENTALES

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Cuando el planeta era sólo una masa incandescente y sin vida, los elementales estaban presentes planeando la construcción y la vida futura, ayudando a los Espíritus Superiores, Arquitectos Cósmicos, quienes eran los encargados de coparticipar en la obra del creador.
Las salamandras –elementales del fuego- cuidaban la masa de gases radioactivos presentes en el planeta y de la materia incandescente que debía ir sedimentándose y enfriándose de a poco, para que el planeta en formación pudiera ser habitable.
Los silfos, elementales del aire, cuidaban de la evolución de esos gases tóxicos, para lograr el equilibrio químico y la evolución de los violentos vientos y tormentas nucleares que azotaban al planeta en formación, allá en los comienzos de la historia cósmica.
Los Espíritus Superiores o Arquitectos Cósmicos ya tenían planeado todo tipo de vida que surgiría en la tierra, siguiendo las orientaciones del Creador. Estaba todo programado en la Mente Divina. Sólo hacía falta que se estableciera el orden, para que esos Espíritus de la naturaleza o elementales pudieran, finalmente, empezar el proceso de evolución y vida sobre el planeta tierra, como colaboradores inmediatos de los arquitectos celestiales.
Cuando los gases se hicieron líquidos y cayeron sobre el planeta en forma de gotas de agua, lluvias y tormentas violentas que inundaron casi toda su superficie, aparecieron los elementales del agua: Sirenas, Ninfas y Nereidas, por las explosiones nucleares, quitándoles las materias densas y pesadas que aún había en suspensión.
En el Universo existen, entre otros Jefes Espirituales, espíritus guardianes, orientadores, protectores, y organizadores de toda la creación. Los elementales, sus colaboradores, fueron, por lo tanto, anteriores a la aparición del hombre sobre la tierra y los encargados de armonizar las condiciones básicas para la aparición de la vida en sus varios reinos.
Cuando el planeta comenzó a enfriarse y a estabilizarse, ya estaban presentes los elementales de la tierra: Gnomos, Duendes y Hadas, a fin de armar los elementos de su nivel, o sea, los primeros esbozos de arbustos y piedras. Estaban dando origen a todo lo que germinaría después, con el trabajo de millones de años.
Es curioso observar que desde la antigüedad más remota, los elementales fueron representados de manera casi idéntica por los pueblos más diferentes, por ejemplo, los sumerios, los caldeos, los egipcios, los chinos, los pueblos indígenas de África, Polinesia y América.
Los dibujos que se encontraron los muestran de manera casi idéntica, no importa cuán lejos estuvieran esos pueblos unos de otros. Esto nos lleva a pensar que los elementales siempre se comunicaron con los seres humanos, manteniendo un patrón energético que permitiera verlos e identificarlos. Estaban presentes en casi todos los ritos sagrados, especialmente en aquellos en que se pedía la protección celestial para las cosechas y las siembras.
No sólo se los invocaba para que protegiesen las siembras sino también para que aquietasen las aguas, apagasen incendios y contuvieran tempestades. O sea, protección de los cuatro elementos.
Aparecen sus figuras, casi idénticas, tanto en la Europa central del siglo XV como en la India milenaria y mágica, 2000 años antes de Cristo.
Los elementales eran amados y temidos al mismo tiempo, ya que tanto beneficiaban como perjudicaban. Fueron siempre considerados seres duales. Ellos tienen un tipo de vibración muy rápida y eléctrica, que les permite trasladarse de un lugar a otro a la velocidad de la luz.
Se los considera espíritus juguetones, animados, traviesos, sin mucha responsabilidad y arduos trabajadores de la naturaleza. No tienen un concepto muy claro del bien y del mal y por eso pueden ser manipulados para los trabajos de magia negra. Tal vez, su nivel de conciencia se parezca a la de un niño que aún no sabe distinguir entre acertado y errado.
El hecho de no tener un nivel de madurez espiritual suficientemente desarrollado para diferenciar el bien y el mal, los hace semejantes a criaturas traviesas, inconscientes e inocentes, como la propia imagen física con la cual se presentan ante los hombres.
Si por su falta de conciencia madura, alguna vez fueron usados para practicar el mal, pagaron muy cara esta acción porque retrocedieron en su camino espiritual de evolución.
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domingo, 21 de diciembre de 2014

Mejorando la nutrición energética

Mejorando la triada de nutrición energética del ser humano

Por: David Topi.

Hace ya varios meses, di una pequeña charla sobre el uso consciente de las energías que nutren al ser humano, que tenéis en este enlace de aquí abajo, si alguien no lo ha visto y/o le apetece hacerlo de nuevo, para ser más conscientes de como el cuerpo y vehículo orgánico que usamos, requiere de una combinación de diferentes nutrientes para funcionar correctamente:






jueves, 18 de diciembre de 2014

«No podéis servir a Dios y a Mammon»

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«No podéis servir a Dios y a Mammon», dice Jesús en los Evangelios. Lo que significa que no podemos satisfacer a la vez las exigencias de la tierra y las del Cielo.
Para ser reconocidos por nuestros amigos celestiales, debemos renunciar, a menudo, a ser reconocidos por los humanos, es verdad, pero ¿qué importancia tiene eso?… ¿Cuántos años durará lo que ganáis con los humanos? Aunque os aprueben, os alaben, aunque seáis reconocidos por millones de personas, pronto todos abandonarán la tierra, y vosotros también y, entonces, ¿cómo os sentiréis cuando lleguéis al otro mundo? ¿Y cómo vais a sentiros ya, en esta vida, si sois privados de la benevolencia y del amor de las entidades luminosas?
Si os ponéis al servicio del Cielo, no esperéis que los humanos vengan a manifestaros su estima y su reconocimiento: ni siquiera saben lo que sucede en vosotros. Contentaos con trabajar. Cuando sintáis que este trabajo os llena de una vida nueva, ¿creéis que tendréis necesidad de que los demás vengan a aplaudiros y a felicitaros?
Dos personas que se encuentran por primera vez se sienten, al principio, extrañas una a la otra, sus vibraciones no se armonizan y les resulta difícil comprenderse. Pero pasa el tiempo, y a medida que hacen intercambios, empiezan a vibrar al unísono. No os extrañéis si os digo que esto mismo es lo que sucede con la comida: los alimentos que llegan a vuestra mesa vienen de más o menos lejos, pero, tanto si han venido de cerca como de lejos, son como desconocidos que invitáis a vuestra casa, a vuestro organismo, y antes de dejarles entrar, es deseable que empecéis por familiarizaros con ellos.
Cuando vayáis a comer una fruta, sostenedla durante unos instantes en vuestra mano dándole vuestro amor, vuestra gratitud. Esta fruta estará mucho mejor «dispuesta» hacia vosotros, porque habréis creado un lazo con ella. El alimento que tomamos cada día es algo más que una materia bruta, contiene elementos sutiles, imponderables. Pero sólo podremos extraer estos elementos sutiles si lo impregnamos con nuestro amor para que se abra a nosotros.
La línea recta es el camino más corto desde un punto a otro, esto es bien conocido. ¿Pero es aconsejable ir siempre en línea recta? Si queréis atravesar una ciudad, por ejemplo, difícilmente podréis hacerlo en línea recta sin chocar con edificios, coches o peatones; igualmente, en este inmenso territorio que es la vida, en donde se apretujan multitud de criaturas, raramente llegaréis a alcanzar directamente una meta sin chocar con intereses contrarios a los vuestros.
Es pues preferible, a veces, escoger la línea curva, es decir, no presentarse ante los demás diciendo inmediatamente: «Soy yo. Tengo proyectos, dejadme realizarlos.» A menudo es preferible tomar caminos desviados, que os llevan por lugares en los que no vais a encontrar obstáculos. Y como no todas las ocasiones son igualmente favorables, es mejor que esperéis también el mejor momento para pasar. Esto significa que, para realizar todos esos buenos proyectos, es mejor evitar imponernos inmediatamente, sino dar pruebas de psicología, de paciencia, de flexibilidad. Esto es seguir la línea curva.
Omraam Mikhaël Aïvanhov

Un viaje de ida y vuelta

Un viaje de ida y vuelta

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Hemos partido de la muerte y hemos regresado a la vida física. Un viaje de ida y vuelta en el derrotero del alma. Una rutina repetida, con algunos viajeros que se resisten un poco a partir, otros que no ven la hora de irse para descansar y una gran mayoría que no quiere saber nada de volver a empezar.
Si nos cuesta tanto volver, si hasta nos enojamos y porfiamos con nuestros guías que nos aconsejan y nos rebelamos cuando llega el momento de nacer, ¿por qué entonces tanto miedo, tanto dolor, tanta tragedia, cuando llega el momento ansiado por el alma de regresar por fin  a los campos de la beatitud, al estado de gracia, a ese mundo de luz y de amor? ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde, en qué lugar, en qué momento, perdimos la conciencia  que teníamos de nuestro ser espiritual, de nuestra esencia, de nuestra verdadera condición de seres inmortales?
Vinimos a la vida física a aprender, a crecer y a evolucionar, para regresar más tarde enriquecidos con la experiencia adquirida. Pero resulta que en el afán  de hacer más cómoda y placentera nuestra estadía en la Tierra, nos hemos olvidado de la verdadera finalidad de nuestra presencia aquí. Nos hemos creído que éramos el cuerpo, cuando en realidad el cuerpo es la ropa que nos pusimos para ir a la escuela y, cuando llega el momento de partir, nos desgarramos las vestiduras por lo que creemos que vamos a perder, porque nos damos cuenta que perdimos el tiempo o porque no tenemos la conciencia muy tranquila.
Estamos aquí en la Tierra, para cumplir con nuestro propósito. Venimos con un plan diagramado de antemano. Sabemos exactamente lo que tenemos que hacer y aprender. Pero al poco tiempo nos olvidamos de nuestro objetivo. Así como un muchacho es enviado por su padre a un país lejano para estudiar y, cuando está lejos  de su casa se olvida del  estudio, seducido por las tentaciones de un país diferente, así nosotros nos hemos olvidado de nuestro Padre y nos deslumbramos como niños en un parque de diversiones. Creemos que el objetivo es pasarla bien y queremos probar todos los juegos. Y queremos ganar todos los juegos que podamos y conseguir todos los premios que sea posible, y competimos y rivalizamos con los otros y con nuestros propios amigos y, si podemos hacer trampa, la hacemos, y ya lo único  que nos importa es ganar cada vez más y acumular  más cosas y tener  más poder que los otros y sufrimos cuando no lo logramos. Y así se nos pasa esta viday, cuando llegamos al momento de la muerte, el  momento de regresar a casa y reunirnos  con nuestro Padre, no queremos saber nada y lloramos y pensamos que es un castigo, y que nuestro Padre es injusto porque nos obliga a dejar a todos los amigos que hicimos y todas las cosas que ganamos. Sólo después de desprendernos del cuerpo, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos, de lo tontos que fuimos al dejarnos encandilar  por la luces de un parque de diversiones y de que todo eso no era nada más  que una ilusión momentánea y pasajera.  Y resulta que, por querer poseer una ilusión, no aprendimos nada, no cumplimos  con lo que nos habíamos comprometido y, encima, en el afán de poseer más, engañamos, defraudamos, robamos y no nos importó el sufrimiento de los que se quedaron fuera de la feria de diversiones. Ahora  tendremos que volver una vez más a la Tierra. Y esta vez no habrá parque de diversiones. Sin embargo, ya nos arreglamos para no hacer lo  que tenemos que hacer. Esta vuelta, la excusa será la lucha por la viday el esfuerzo  para alcanzar una posición social acomodada. Y una vez más llegaremos a la muerte con pánico y desolación. Y una vez más, cuando estemos del otro lado, nos daremos cuenta de que nos equivocamos otra vez, de que nos olvidamos otra vez. Y seguirá ocurriendo así hasta que despertemos a nuestra conciencia espiritual y recuperemos ese conocimiento que está en nosotros mismos, en nuestra propia esencia. Necesitamos recuperar nuestra verdad.
Verdad: en  griego, se dice aletheia. Recordarán que el Leteo era el río del olvido, y letheia significa “sueño” o  “letargia”. De modo que la palabra “verdad”, en griego, quiere decir: salir del olvido y del sueño. Y esto es lo que necesitamos.  Salir del olvido y del sueño en el que estamos sumidos y entrar en el despertar.
La muerte no es ni un castigo ni una maldición. No hay vida y muerte. Sólo existe la vida y, la muerte, es el punto medio de una larga vida. Una vida  que en un momento transcurre en el plano de la esencia y, en otro momento, transcurre en el plano de la manifestación física.
La muerte es un pasaje. Igual que el nacimiento. Uno es un pasaje de ida y el otro es un pasaje de vuelta. Hay una puerta de entrada y otra de salida. Y de las dos la más importante es la de la salida, porque es la hora de la verdad, la hora de rendir cuentas. La vida física es una escuela y  la muerte es el momento del examen final. Es el momento en el que  no podemos ni  mentir ni inventar lo que no aprendimos.  Es el momento en el que nos graduamos o somos reprobados y enviados de vuelta a repetir la lección que no aprendimos.
¿Por qué entonces tanta tragedia cuando llega el momento más trascendental de nuestro paso por la vida física? Cuando estábamos allá, en el espacio,  la mayoría de nosotros no quería volver y, ahora que por fin llegó el momento  de la liberación, no queremos retornar  al lugar de donde no queríamos salir. ¿Cómo se entiende eso?
Se me ocurren dos razones fundamentales. Olvido e ignorancia. El olvido nos sume en la ignorancia y, la ignorancia, nos lleva a la superstición, y la superstición, nos lleva a adjudicarle poder a cosas, creencias y personas que en realidad no tienen más poder que el que nosotros mismos le otorgamos.
Despreciamos y miramos despectivamente a pueblos más antiguos o primitivos,  porque creen y se preparan para la vida más allá de la muerte y no nos damos cuenta de que nuestra sociedad moderna y erudita se asienta sobre una cultura supersticiosa de miedo a la muerte. Como creemos que la muerte es un castigo, entonces, ése es el castigo máximo que se nos ocurrió para los criminales y también para los inocentes que piensan diferente. Ahora bien, cuando una persona es condenada a muerte, ¿a qué  la estamos condenando? ¿Cuál es la consecuencia de ese castigo en forma de muerte? ¿Es un castigo o una liberación? ¿Es un castigo para la persona condenada para los familiares que se quedan sin su presencia? ¿Y qué es lo que le espera a quien  dicta la sentencia y a quien la lleva a cabo? Recuerden  las experiencias de Blanca y las consecuencias de su accionar entre los mayas.
Cuando empezamos a penetrar la historia íntima del alma y de  su evolución a través de los ciclos de vida, muerte y renacimiento, nos damos cuenta de que la muerte no es ni un castigo ni una tragedia. Lo verdaderamente trágico es la forma como nos conducimos ante la muerte y los despropósitos a los cuales somos arrastrados por la ignorancia y el olvido de lo que somos.
No somos el cuerpo. El cuerpo sólo es el instrumento que nos permite manifestarnos en el plano físico  y obrar directamente sobre la materia y, la muerte, es el abandono de ese instrumento cuando ya hemos cumplido con nuestro propósito, aquí en la Tierra.
La muerte es el punto culminante, más sublime y trascendental en la vida de una persona. Es el momento en que el alma en evolución se reunirá con su Padre o con su Creador, llevando el aprendizaje realizado, el fruto de su esfuerzo aquí, en la Tierra. Y resulta que, por miedo, ignorancia, olvido y superstición, arruinamos eses momento.
Para un lama tibetano toda la vida es una preparación para la muerte. La práctica espiritual constante, la meditación cotidiana, no tiene otro fin que experimentar la naturaleza esencial del  espíritu para reconocerla en el instante de la muerte. De cómo moriremos dependerá nuestra evolución posterior. Es imprescindible estar conscientes en ese momento para poder perdonar, perdonarnos y desprendernos de todas las sensaciones, apegos, emociones y pensamientos que puedan arrastramos a un estado de existencia inferior. Ya hemos visto de qué manera los pensamientos y sensaciones, en el momento de la muerte, pueden programarnos para una vida de sufrimiento y dolor. Un lama procurará liberarse  de la necesidad de volver a encarnar. Esa liberación  también es posible  para cada uno de nosotros y, si no logramos, al menos tendremos la posibilidad de renacer en condiciones que nos permitan  desarrollarnos espiritualmente. De este modo, tal vez nos graduemos en la próxima en la próxima muerte y obtengamos el pasaporte definitivo para ese mundo de luz.
Ahora bien. Para rendir un buen examen final y graduarnos en el momento de la muerte y obtener la liberación tan ansiada, es necesario respetar ese momento y hacer de él, el acto  más sagrado  de nuestra vida. Desafortunadamente, empecinados como estamos en derrotar a la muerte, enceguecidos por la soberbia de arrancarle unos días más  de vida a un cuerpo que ya cumplió  con su servicio y, acuciados por la culpa de no cumplir con nuestro deber si no agotamos todos los recursos de la ciencia, violamos impunemente  el momento  para el cual no hemos preparado durante toda la vida. Y es en ese momento cuando se instala la tragedia. Lo trágico no es morir. Lo trágico es impedir que una persona pueda morir en paz, con dignidad, conscientemente y acompañado por sus seres queridos para que cada uno tenga la oportunidad de despedirse.
Lo más difícil, para una persona que se está muriendo, no es la muerte, sino la soledad, la incomprensión de los otros que no entienden lo que está viviendo, y que la duerman, cuando necesita mantener su conciencia despierta.
Imagínese un enfermo en condiciones irreversibles, internado en una unidad de cuidados intensivos. Él sabe que va a morir, pero su familia y los médicos no quieren que se mueran. Y allí está él, entonces,  en un mundo frío  y desconocido, lejos de su casa, separado de los seres que  ama, conectado a un respirador artificial, su cuerpo ensartado con tubos y catéteres, sondas por arriba y por abajo, electrodos, drogas extrañas circulando por su sangre y las manos atadas para evitar que se arranque todo lo que le insertaron. Su conciencia  está obnubilada, su dignidad humillada y su pudor ultrajado. La familia no quiere que se vaya y, los profesionales, se juegan su egolatría y su prestigio. Y mientras tanto, él está a punto de desprenderse de su cuerpo y de rendir su examen final. ¡Está a punto de ser llevado ante la Presencia Divina, tal vez obtenga su graduación, y a nadie le interesa! Y aquí, no se puede solicitar postergación de la fecha de examen. Es ahora o ahora.
Desesperados por salvar el cuerpo, con el miedo a la culpa y el terror cultural a la muerte  cargando sobre nuestras espaldas, nadie percibe la tragedia del alma que se debate entre el dolor y la congoja de sus familiares, el sufrimiento de su cuerpo atormentado, sus propios miedos y culpas no resueltos y su esperanza de lograr, por fin, la paz y la liberación de sus ataduras carnales.
Se debe hacer todo lo posible para evitar y alejar la muerte de un individuo que tiene todavía, teóricamente, muchos meses o años para vivir. Pero si se sabe que la muerte es ineluctable, la actitud debe ser diferente. Cuando la vida ha terminado, se debe facilitar el pasaje al otro lado del río. Y es allí,  en ese punto, donde fallamos.  Nacidos y educados en la cultura de la negación y el miedo a la muerte, sólo vemos en ella una enfermedad más, un enemigo a derrotar, y no podemos aceptarla e integrarla como un hecho normal y cotidiano de nuestra vida. Nos falta familiaridad con la muerte. Necesitamos aceptarla como un hecho natural, como el resultado lógico de nuestra experiencia aquí, en la Tierra, para poder encontrar el punto de equilibrio que nos permita actuar con sabiduría y ecuanimidad.
Un médico con experiencia sabe en qué momento una enfermedad o una condición clínica determinada es irreversible. Sabe que a partir de ese instante, todo lo que haga será inútil y sólo conseguirá diferir lo que ya es inevitable. Pero en nuestra cultura, el moribundo es visto como un fracaso en el mandato que tienen los profesionales.
Recuerdo cuando falleció mi abuela. Afortunadamente, murió en casa, en su propia cama. Yo estaba cursando el quinto año de la carrera de Medicina y fui el encargado de hacerle la medicación en sus últimas horas de vida entre nosotros. Su condición clínica había empeorado y su médico me había indicado lo que tenía que administrarle. Recuerdo que cargué la jeringa, y cuando le pedí a mi abuela que extendiera el brazo, se negó preguntándome: “¿Para qué?”
No le hice la medicación. Al rato, llegó su médico. Le narré lo sucedido y entonces me dijo en forma tajante: “No dejes que te gane”. Ahí estaba el mandato. A mi pesar y el de mi abuela, que me miró resignadamente, encontré una vena en su brazo  y le efectué la medicación. Algunas horas después, mi abuela se fue. Tenía razón ella. ¿Para qué?
¿Cuántas horas más la retuvimos entre nosotros? ¿Era necesario ese pinchazo extra en su brazo? Poco después de la inyección, mi abuela se durmió o entró en coma y ya no se despertó más. En lugar de intentar retenerla por todos los medios posibles, ¿no hubiera sido mejor haberla ayudado a irse más fácilmente, más confortablemente? Podríamos haber hablado con ella.  Podríamos haberla despedido y deseado el mejor de los éxitos en su viaje hacia la Luz. Podríamos haber escuchado  y aprendido de sus labios qué era lo que estaba experimentando en esos momentos. ¿Qué pensaba de esa vida que estaba dejando? ¿Qué había aprendido? ¿Qué se llevaba? ¿Qué nos podía decir desde la sabiduría de quien ha completado su experiencia?¿Estaría allí presente en ese momento, su compañero, mi abuelo, sin que nosotros lo supiéramos?
¿Por qué entonces tanta tragedia cuando llega el momento más trascendental de nuestro paso por la vida física? Cuando estábamos allá, en el espacio,  la mayoría de nosotros no quería volver y, ahora que por fin llegó el momento  de la liberación, no queremos retornar  al lugar de donde no queríamos salir. ¿Cómo se entiende eso?
Ahora bien. Para rendir un buen examen final y graduarnos en el momento de la muerte y obtener la liberación tan ansiada, es necesario respetar ese momento y hacer de él, el acto  más sagrado  de nuestra vida. Desafortunadamente, empecinados como estamos en derrotar a la muerte, enceguecidos por la soberbia de arrancarle unos días más  de vida a un cuerpo que ya cumplió  con su servicio y, acuciados por la culpa de no cumplir con nuestro deber si no agotamos todos los recursos de la ciencia, violamos impunemente  el momento  para el cual no hemos preparado durante toda la vida. Y es en ese momento cuando se instala la tragedia. Lo trágico no es morir. Lo trágico es impedir que una persona pueda morir en paz, con dignidad, conscientemente y acompañado por sus seres queridos para que cada uno tenga la oportunidad de despedirse.
Cuando empezamos a penetrar la historia íntima del alma y de  su evolución a través de los ciclos de vida, muerte y renacimiento, nos damos cuenta de que la muerte no es ni un castigo ni una tragedia. Lo verdaderamente trágico es la forma como nos conducimos ante la muerte y los despropósitos a los cuales somos arrastrados por la ignorancia y el olvido de lo que somos.
Desesperados por salvar el cuerpo, con el miedo a la culpa y el terror cultural a la muerte  cargando sobre nuestras espaldas, nadie percibe la tragedia del alma que se debate entre el dolor y la congoja de sus familiares, el sufrimiento de su cuerpo atormentado, sus propios miedos y culpas no resueltos y su esperanza de lograr, por fin, la paz y la liberación de sus ataduras carnales.
Despreciamos y miramos despectivamente a pueblos más antiguos o primitivos,  porque creen y se preparan para la vida más allá de la muerte y no nos damos cuenta de que nuestra sociedad moderna y erudita se asienta sobre una cultura supersticiosa de miedo a la muerte. Como creemos que la muerte es un castigo, entonces, ése es el castigo máximo que se nos ocurrió para los criminales y también para los inocentes que piensan diferente. Ahora bien, cuando una persona es condenada a muerte, ¿a qué  la estamos condenando? ¿Cuál es la consecuencia de ese castigo en forma de muerte? ¿Es un castigo o una liberación? ¿Es un castigo para la persona condenada o para los familiares que se quedan sin su presencia? ¿Y qué es lo que le espera a quien  dicta la sentencia y a quien la lleva a cabo? Recuerden  las experiencias de Blanca y las consecuencias de su accionar entre los mayas.
Estamos aquí en la Tierra, para cumplir con nuestro propósito. Venimos con un plan diagramado de antemano. Sabemos exactamente lo que tenemos que hacer y aprender. Pero al poco tiempo nos olvidamos de nuestro objetivo. Así como un muchacho es enviado por su padre a un país lejano para estudiar y, cuando está lejos  de su casa se olvida del  estudio, seducido por las tentaciones de un país diferente, así nosotros nos hemos olvidado de nuestro Padre y nos deslumbramos como niños en un parque de diversiones. Creemos que el objetivo es pasarla bien y queremos probar todos los juegos. Y queremos ganar todos los juegos que podamos y conseguir todos los premios que sea posible, y competimos y rivalizamos con los otros y con nuestros propios amigos y, si podemos hacer trampa, la hacemos, y ya lo único  que nos importa es ganar cada vez más y acumular  más cosas y tener  más poder que los otros y sufrimos cuando no lo logramos. Y así se nos pasa esta vida y, cuando llegamos al momento de la muerte, el  momento de regresar a casa y reunirnos  con nuestro Padre, no queremos saber nada y lloramos y pensamos que es un castigo, y que nuestro Padre es injusto porque nos obliga a dejar a todos los amigos que hicimos y todas las cosas que ganamos. Sólo después de desprendernos del cuerpo, al mirar hacia atrás, nos damos cuenta de lo equivocados que estábamos, de lo tontos que fuimos al dejarnos encandilar  por la luces de un parque de diversiones y de que todo eso no era nada más  que una ilusión momentánea y pasajera.  Y resulta que, por querer poseer una ilusión, no aprendimos nada, no cumplimos  con lo que nos habíamos comprometido y, encima, en el afán de poseer más, engañamos, defraudamos, robamos y no nos importó el sufrimiento de los que se quedaron fuera de la feria de diversiones. Ahora  tendremos que volver una vez más a la Tierra. Y esta vez no habrá parque de diversiones. Sin embargo, ya nos arreglamos para no hacer lo  que tenemos que hacer. Esta vuelta, la excusa será la lucha por la vida y el esfuerzo  para alcanzar una posición social acomodada. Y una vez más llegaremos a la muerte con pánico y desolación. Y una vez más, cuando estemos del otro lado, nos daremos cuenta de que nos equivocamos otra vez, de que nos olvidamos otra vez. Y seguirá ocurriendo así hasta que despertemos a nuestra conciencia espiritual y recuperemos ese conocimiento que está en nosotros mismos, en nuestra propia esencia. Necesitamos recuperar nuestra verdad.
Hemos partido de la muerte y hemos regresado a la vida física. Un viaje de ida y vuelta en el derrotero del alma. Una rutina repetida, con algunos viajeros que se resisten un poco a partir, otros que no ven la hora de irse para descansar y una gran mayoría que no quiere saber nada de volver a empezar.
Imagínese un enfermo en condiciones irreversibles, internado en una unidad de cuidados intensivos. Él sabe que va a morir, pero su familia y los médicos no quieren que se mueran. Y allí está él, entonces,  en un mundo frío  y desconocido, lejos de su casa, separado de los seres que  ama, conectado a un respirador artificial, su cuerpo ensartado con tubos y catéteres, sondas por arriba y por abajo, electrodos, drogas extrañas circulando por su sangre y las manos atadas para evitar que se arranque todo lo que le insertaron. Su conciencia  está obnubilada, su dignidad humillada y su pudor ultrajado. La familia no quiere que se vaya y, los profesionales, se juegan su egolatría y su prestigio. Y mientras tanto, él está a punto de desprenderse de su cuerpo y de rendir su examen final. ¡Está a punto de ser llevado ante la Presencia Divina, tal vez obtenga su graduación, y a nadie le interesa! Y aquí, no se puede solicitar postergación de la fecha de examen. Es ahora o ahora.
La muerte es el punto culminante, más sublime y trascendental en la vida de una persona. Es el momento en que el alma en evolución se reunirá con su Padre o con su Creador, llevando el aprendizaje realizado, el fruto de su esfuerzo aquí, en la Tierra. Y resulta que, por miedo, ignorancia, olvido y superstición, arruinamos eses momento.
La muerte es un pasaje. Igual que el nacimiento. Uno es un pasaje de ida y el otro es un pasaje de vuelta. Hay una puerta de entrada y otra de salida. Y de las dos la más importante es la de la salida, porque es la hora de la verdad, la hora de rendir cuentas. La vida física es una escuela y  la muerte esel momento del examen final. Es el momento en el que  no podemos ni  mentir ni inventar lo que no aprendimos.  Es el momento en el que nos graduamos o somos reprobados  y enviados de vuelta a repetir la lección que no aprendimos.
La muerte no es ni un castigo ni una maldición. No hay vida y muerte. Sólo existe la vida y, la muerte, es el punto medio de una larga vida. Una vida  que en un momento transcurre en el plano de la esencia y, en otro momento, transcurre en el plano de la manifestación física.
Lo más difícil, para una persona que se está muriendo, no es la muerte, sino la soledad, la incomprensión de los otros que no entienden lo que está viviendo, y que la duerman, cuando necesita mantener su conciencia despierta.
No le hice la medicación. Al rato, llegó su médico. Le narré lo sucedido y entonces me dijo en forma tajante: “No dejes que te gane”. Ahí estaba el mandato. A mi pesar y el de mi abuela, que me miró resignadamente, encontré una vena en su brazo  y le efectué la medicación. Algunas horas después, mi abuela se fue. Tenía razón ella. ¿Para qué?
No somos el cuerpo. El cuerpo sólo es el instrumento que nos permite manifestarnos en el plano físico  y obrar directamente sobre la materia y, la muerte, es el abandono de ese instrumento cuando ya hemos cumplido con nuestro propósito, aquí en la Tierra.
Para un lama tibetano toda la vida es una preparación para la muerte. La práctica espiritual constante, la meditación cotidiana, no tiene otro fin que experimentar la naturaleza esencial del  espíritu para reconocerla en el instante de la muerte. De cómo moriremos dependerá nuestra evolución posterior. Es imprescindible estar conscientes en ese momento para poder perdonar, perdonarnos y desprendernos de todas las sensaciones, apegos, emociones y pensamientos que puedan arrastrarnos a un estado de existencia inferior. Ya hemos visto de qué manera los pensamientos y sensaciones, en el momento de la muerte, pueden programarnos para una vida de sufrimiento y dolor. Un lama procurará liberarse  de la necesidad de volver a encarnar. Esa liberación  también es posible  para cada uno de nosotros y, si no logramos, al menos tendremos la posibilidad de renacer en condiciones que nos permitan  desarrollarnos espiritualmente. De este modo, tal vez nos graduemos en la próxima en la próxima muerte y obtengamos el pasaporte definitivo para ese mundo de luz.
Pero no. No queríamos  que se fuera.  No queríamos aceptar que el momento había llegado y, entonces se fue como pudo.
Recuerdo cuando falleció mi abuela. Afortunadamente, murió en casa, en su propia cama. Yo estaba cursando el quinto año de la carrera de Medicina y fui el encargado de hacerle la medicación en sus últimas horas de vida entre nosotros. Su condición clínica había empeorado y su médico me había indicado lo que tenía que administrarle. Recuerdo que cargué la jeringa, y cuando le pedí a mi abuela que extendiera el brazo, se negó preguntándome: “¿Para qué?”
Se debe hacer todo lo posible para evitar y alejar la muerte de un individuo que tiene todavía, teóricamente, muchos meses o años para vivir. Pero si se sabe que la muerte es ineluctable, la actitud debe ser diferente. Cuando la vida ha terminado, se debe facilitar el pasaje al otro lado del río. Y es allí,  en ese punto, donde fallamos.  Nacidos y educados en la cultura de la negación y el miedo a la muerte, sólo vemos en ella una enfermedad más, un enemigo a derrotar, y no podemos aceptarla e integrarla como un hecho normal y cotidiano de nuestra vida. Nos falta familiaridad con la muerte. Necesitamos aceptarla como un hecho natural, como el resultado lógico de nuestra experiencia aquí, en la Tierra, para poder encontrar el punto de equilibrio que nos permita actuar con sabiduría y ecuanimidad.
Se me ocurren dos razones fundamentales. Olvido e ignorancia. El olvido nos sume en la ignorancia y, la ignorancia, nos lleva a la superstición, y la superstición, nos lleva a adjudicarle poder a cosas, creencias y personas que en realidad no tienen más poder que el que nosotros mismos le otorgamos.
Si nos cuesta tanto volver, si hasta nos enojamos y porfiamos con nuestros guías que nos aconsejan y nos rebelamos cuando llega el momento de nacer, ¿por qué entonces tanto miedo, tanto dolor, tanta tragedia, cuando llega el momento ansiado por el alma de regresar por fin  a los campos de la beatitud, al estado de gracia, a ese mundo de luz y de amor? ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde, en qué lugar, en qué momento, perdimos la conciencia  que teníamos de nuestro ser espiritual, de nuestra esencia, de nuestra verdadera condición de seres inmortales?
Todo podría ser distinto, si aceptásemos, emocionalmente, la realidad de la muerte. Si comprendiéramos que la muerte no es un enemigo a derrotar, sino que se trata  del momento culminante de nuestra vida. Es el cierre de la experiencia que se abrió con el nacimiento. Es necesario hacer de ese momento un ritual, un acto sagrado. Es necesario rodearlo del cuidado y del amor que implica un acto de esa naturaleza. Entonces, todo será mucho más glorioso y ya no veremos los despropósitos a los cuales el miedo y la tecnología no tienen acostumbrados.
Un médico con experiencia sabe en qué momento una enfermedad o una condición clínica determinada es irreversible. Sabe que a partir de ese instante, todo lo que haga será inútil y sólo conseguirá diferir lo que ya es inevitable. Pero en nuestra cultura, el moribundo es visto como un fracaso en el mandato que tienen los profesionales.
Verdad: en  griego, se dice aletheia. Recordarán que el Leteo era el río del olvido, y letheia significa “sueño” o  “letargia”. De modo que la palabra “verdad”, en griego, quiere decir: salir del olvido y del sueño. Y esto es lo que necesitamos.  Salir del olvido y del sueño en el que estamos sumidos y entrar en el despertar.
Vinimos a la vida física a aprender, a crecer y a evolucionar, para regresar más tarde enriquecidos con la experiencia adquirida. Pero resulta que en el afán  de hacer más cómoda y placentera nuestra estadía en la Tierra, nos hemos olvidado de la verdadera finalidad de nuestra presencia aquí. Nos hemos creído que éramos el cuerpo, cuando en realidad el cuerpo es la ropa que nos pusimos para ir a la escuela y, cuando llega el momento de partir, nos desgarramos las vestiduras por lo que creemos que vamos a perder, porque nos damos cuenta que perdimos el tiempo o porque no tenemos la conciencia muy tranquila.
AUDIO:


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Extraído del Libro: EL VIAJE DEL ALMA, experiencias de la vida entre las vidas. Por el Dr. José Luis Cabouli

Vivir en el ahora

por Dana Mrkich
www.danamrkich.com
9 de Octubre 2013
Traducción: M. Cristina Cáffaro

Vivir en el AHORA es una sensación interesante, casi parece que no estamos sobre suelo firme; sin embargo, en realidad es más estable que donde acostumbrábamos a pararnos constante y predominantemente: en el pasado o en el futuro. Vivir en el pasado puede traernos emociones como ira, lamentación y resentimiento gran parte del tiempo. Vivir en el futuro resulta en mucha preocupación, miedo, duda y ansiedad innecesarias que no nos ayudan. Vivir en el Ahora se siente… bueno, al principio se siente extraño. Sí, puede sentirse muy calmante y tranquilizador el permitirse confiar en la vida, en sí mismo y en la conexión con aquello que te guía, todo el tiempo. No obstante al principio puedes sentir que estás en el vacío; ni aquí ni allá.
Estamos acostumbrados a apegarnos a las cosas, a las pertenencias, a las personas, a las situaciones, a los empleos. Si se saca al “tiempo” fuera de la ecuación, de repente un montón de cosas se vuelven irrelevantes. Simultáneamente unas pocas cosas sobresalen como verdaderamente valiosas y preciosas para ti, conduciendo a una mayor apreciación de lo que es verdaderamente importante, y a un mayor deseo de vivir tu vida de acuerdo a eso.
Vivir en el Ahora conduce a una sensación de desapego en relación con ciertas situaciones que antes te hubieran mantenido “enchufado”. Idealmente, esto es un desapego saludable de aquellas cosas que realmente no te servían, pero los desapegos de cualquier tipo pueden sentirse desconcertantes. Pueden hacerte sentir “desconectado” si es que has estado demasiado apegado a alguien o algo exterior a ti, o si previamente referías tu sentido de identidad a ese alguien o algo.
Hace poco apareció un comentario muy relevante de alguien que dijo: “Bueno, ¿vivir en el Ahora significa no preocuparse por las facturas del mes próximo?” Dejo constancia de que he aprendido a no preocuparme por las facturas de la próxima semana, ni qué decir del próximo mes; y sí, esto incluye esos momentos en que no tengo idea de dónde vendrá. He aprendido a confiar, no por fe ciega, sino por una experiencia tras otra en las que el dinero que realmente necesitamos siempre llega cuando más necesario es. Esto no significa sentarse a esperar que caigan milagros del cielo. Uno aprende a escuchar a sus instintos, a seguir los avisos y los empujoncitos internos. Son las llaves que destraban y abren las puertas de la oportunidad. Son las miguitas de Hansel y Gretel que nos conducen a sincronicidades mágicas (naturales). Son nuestro GPS interno funcionando, ofreciendo momentos de claridad en lamparitas que dicen: “¡Por aquí, por aquí!”
En un momento al azar, o no tan al azar, hace 21 años, me quité el reloj y no he vuelto a usar ninguno desde entonces. ¿No tener un reloj pegado a mi cuerpo me habrá ayudado a vivir en el “Ahora”? Por supuesto que tengo que mirar relojes, como todos, porque hay lugares a donde ir, personas con quienes encontrarse, etc. (En realidad nunca tuve reloj en mi casa tampoco – no es difícil enterarse de la hora, gracias a los teléfonos, computadoras, coches, etc.). Personalmente creo que a mí me ayudó. Sin embargo, tengo curiosidad: ¿alguien más sintió la necesidad de no usar reloj? ¿Ha sentido que esto marcó una diferencia en su vida?

lunes, 21 de julio de 2014

Ángeles y el Éxito Divino

Martha Muñoz Losada
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Todas las formas de felicidad y éxito son aspectos de Dios. Lo que deseas con tus pensamientos, sentimientos y emociones es lo que recibes. Si sientes incertidumbre, te alineas con la energía de la duda. Si estas ansioso, te sintonizas con la energía de la preocupación. ¿Por qué no mejor reemplazar esto con confianza, certeza, optimismo y éxito divino? ¿Eres consciente de que eres co-gestor de tu éxito? Dice una ley universal, que solo se consigue atraer lo que ya se posee.
No se trata de privarnos, renunciar o de sacrificar algo para obtener éxito. No es de “trampear“ al otro, tampoco de suerte o inteligencia. La competencia literalmente vive dentro de ti, el gran opositor es tu propio ego. Cada uno de nosotros merece el éxito divino y es nuestra responsabilidad reclamarlo, como una herencia que nos corresponde.
Generalmente, cuando de éxito se habla, bastantes piensan en dinero y fortuna. Pero el éxito se refiere a todo lo que hacemos, al sentirnos felices y a gusto en cada área de nuestra vida: a tener tiempo para compartir y disfrutar. De manera que es más bien una definición personal. Para algunos puede significar consecución de logros o títulos, para otros llegar lejos o subir posiciones.
Existen algunas premisas universales que hoy te sugiero considerar, para alinearte con el universo y sentirte exitoso.
Cero arrogancia, cero egocentrismo
Concibe tus ideas, prioridades y negocios no solo en función de ti mismo, sino con un propósito superior y resplandecerán. Cuando piensas en ti únicamente, cuando quieres avanzar tu solo, tu éxito se detiene. Si piensas en los demás, tu creatividad aflorará. Pásatelo bien; no solo es hacer dinero, es disfrutar y aportar a la humanidad. Es servir con amor. Es ayudar a otros a engrandecer sus vidas. Esto abrirá tus canales de abundancia.
Recuerda: sirve a otros y te servirás a ti mismo. Beneficia a otros y te beneficiarás. Comparte con gusto y todo el bien que haces te será devuelto multiplicado. Probablemente no de la misma manera o de la misma persona a la que diste, pero definitivamente, si se magnificará en bendiciones para ti y los tuyos.
Prioriza y si se requiere pide ayuda

Piensa en esto: ¿Utilizas el tiempo eficiente y productivamente? O, ¿vives estresado, ocupado, corriendo en asuntos sin prioridad alguna o desconexión con tus sueños, haciendo lo que caiga? Concéntrate en lo que es importante para ti, primero lo primero. Lo otro llegará por añadidura.
Valórate y valora lo que haces. Si no lo haces, ¿cómo puedes esperar que los demás si lo hagan? Permanece entusiasta y si lo necesitas pide ayuda. Claro, si quieres ser ayudado, coopera permaneciendo abierto a recibir, a comprender y sobretodo a actuar. El consejo puede venir de la forma menos esperada, del lugar menos sospechado, de la persona menos imaginada.

La energía del dinero
No hay nada “malo” con el dinero. Lo desacertado es la energía con la que se le maneja. Si piensas que el dinero y todo lo que de él procede es “sucio”, pues tan sencillo es que cuando a ti llegue, se esfumará; no querrá quedarse para no “ensuciarte”. Lo que no se aprecia simplemente se va. Además, las cosas por si solas no tienen significado. Somos nosotros quienes se lo asignamos.
Codicia, poder, engaño, deshonestidad, orgullo, soberbia, ahí están las trabas. Mejor encontrarle un sentido acertado al dinero y permitirnos disfrutarlo.
Se flexible y despréndete de tu pasado
Es genial fijarnos objetivos, pero no nos enmarquemos en ellos. Hay que estar dispuestos a ser flexibles y a modificarlos si es pertinente. Todo cambia. Ciertamente, nosotros y nuestras metas no son la excepción.
Olvídate del viejo dicho de que todo tiempo pasado siempre fue mejor. Esa si que es una artimaña de la mente para desenfocarte y sumirte en melancolía. Hay quienes se entristecen de que antes fueron exitosos, de que lo tuvieron todo y que ya nunca volverá a ser igual.No te despistes ni te duermas al volante. No te rindas ni tires la toalla en el último instante; podrías estar a milímetros de alcanzar tus sueños. Ya lo he escrito antes, se cauteloso porque el ego infla y desinfla también.
Bendice y agradece
Bendice en silencio a tus clientes, a tus proveedores, a tus pacientes, a tus empleados, a las personas que te sirven. Tus vecinos y por qué no a tu competencia.
No envidies el éxito de los demás. Dice Marianne Williamson: “lo que mentalmente no permitimos a los demás, nos lo negamos a nosotros mismos. Lo que bendecimos en los demás, lo atraemos hacia nosotros”.

Confía
Tu socio principal en todo lo que emprendas es Dios. Ten mucho cuidado y no caigas en la trampa de creer que tú y solo tú, eres el creador de tu éxito. No desconozcas a Dios ni a la intervención divina, porque la luz que creas se ira al ego. No tienes que perseguir nada. Las cosas llegarán a ti en la medida que comprendas y aceptes, que lo que llegue es perfecto y para tu mayor beneficio.
Se consistente contigo mismo y consagra todas tus actividades a Dios. Confía en un Poder Supremo, en ti, y despreocúpate por el qué dirán. Dice Paulo Coelho, que si no te importa lo que piense la gente, ya diste el primer paso hacia el éxito.Y acuérdate que, lo único imposible es aquello que no intentas.
Entre lo que has leído de esta reflexión hasta este punto, analiza qué aspectos sabotean tu éxito. Porque no es que no tengamos oportunidades. A todos se nos presentan. No es solo pedir un nuevo trabajo, otra relación, otro negocio, otro proyecto o cualquier otra cosa, porque si vamos a seguir actuando con la misma energía conflictiva de siempre, con los mismos patrones mentales de duda, fracaso y desesperación, simplemente no nos sentiremos triunfantes.
Ahí están los ángeles, nuestros amorosos consejeros e intermediarios prestos a cooperar. Invítalos, pide su ayuda:

“Hago mi ego a un lado, dispongo mi corazón y autorizo al poder amoroso y elevado de la jerarquía celestial, para que se manifiesten y me muestren la ruta a seguir”.
Para terminar, te comparto la siguiente oración:
“Dame Padre los recursos para ejecutar a cabalidad mi misión, la tarea que Tu me has asignado. Condúceme con bien para desarrollar y desempeñar mis dones. Te entrego y consagro mi vida personal y profesional. Que mis acciones sirvan al mundo, que aporten y ofrezcan bendiciones.
Yo solo/a, por mi propia cuenta no me muevo. Por eso te pido Padre que me guíes a través de tus ángeles. Que me conduzcan donde Tu quieras que yo vaya. Que me inspiren a decir lo que Tu quieres que yo diga. Y que me acompañen en las actividades que me corresponde hacer”.
Elijo confiar en que nunca me faltará. Señor dame por favor lo que me corresponde y merezco.